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A propósito de los poetas*

Orfeo lapidado junto al Hebro es tal vez el testimonio más irrefutable y antiguo de que los dioses de la mitología no amaban a los poetas. Ahora sabemos porque: desde un comienzo, Zeus y los suyos adivinaron que individuos como el tracio venían con su canto y su lira a disputarles las palabras con que habían explicado y ordenado el mundo; a subvertir los significados sobre los que se asentaba su poder. Que Orfeo se volviera a mirar a su amada Eurídice, aunque lo tuviera prohibido, fue nada más que el pretexto que se usó para hacerlo despedazar, para castigar su insolencia de querer compartir y decodificar los misterios del verbo. Desde entonces, y aunque los dueños del Olimpo hayan cambiado –no así su odio, qué siguió intacto-, el nacimiento de un poeta se interpretó siempre como un signo en potencia de que las sociedades podían intentar otras miradas y otras palabras distintas a las que nos imponen los poderosos como visión del universo y que nada de lo hecho, pensado o escrito sobre la inevitable mediocridad y la abyección de la existencia es definitivo e inmodificable.
                                                                  

* Por Alberto Catena (periodista argentino)
A propósito del centenario de Raúl GonzálezTuñón

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