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Perdón de dios

 

La mañana era fría, lógica mañana de invierno, y una película blanca cubría los jardines. Las veredas estaban empastadas de desperdicios y bolsas de residuos rotas. Caminó como todas las mañanas las escasas cuadras que separaban el departamento de la estación del ferrocarril. No supo explicarse por que. Pero le dolió como nunca la actitud cabizbaja de la gente. Su cuello encorvado, sus miradas perdidas en el piso, pegadas al piso. Su paso lento, resignado, triste. Y no pudo reprimir la bronca, el odio visceral que la situación le producía. Antes de cruzar la plaza dos nenes de no más de ocho años paralizaron su paso. Sucios, descalzos y prácticamente sin abrigo revolvían las bolsas de desperdicios de la vereda del bar y cada tanto escogían algo que se llevaban a la boca. No pudo reprimir la sensación de nauseas que sintió, la bronca, la impotencia. Todo se sumó como en un cóctel y se mezcló.
 Los chicos, en la vereda, mientras tanto seguían afanosos su tarea y cada tanto volvían a masticar algún que otro desecho. De pronto la puerta, abriéndose, los asustó y salieron corriendo. El más chico se tropezó con una baldosa saliente y cayó al piso. Su rodilla empezó a sangrar tímidamente, se la frotó un poco con la mano y siguió corriendo. La silueta gruesa comenzó a refunfuñar alguna queja sobre los chiquilines mientras miraba furioso las bolsas abiertas. Masculló alguna que otra palabrota y volvió a entrar al local aún cerrado al público.
Los baldosones de la plaza comenzaron a atorarse contra sus pies y casi no registró el momento en que estiró su paso para evitar el charco de agua. Una frenada lo sobresaltó y desde un auto parado muy cerca suyo un ramillete de insultos le recordó a algunos parientes cercanos. Aturdido y confuso siguió cruzando sin prestar demasiada atención. Ahora un colectivo frenó muy cerca de sus zapatos Grimoldi de ciento veintinueve pesos. Un ¡pelotudo! explotó en la mañana como un latigazo. Casi no lo escuchó mientras subía a la vereda de la estación. La gente salía y entraba. Entraba y salía del lugar en forma veloz y desordenada, atolondrada y cansina a la vez. Un canillita pregonaba a viva voz la noticia de primera plana. Alguien había aparecido muerto y otro alguien indignado prometía mano dura. Mano dura. Mano dura. Siguió repiqueteando el pregón en su memoria por algunos segundos.
Volvió a mirar a la gente, registró una vez la excesiva curvatura de sus columnas a la altura de los omóplatos, la mirada opaca clavada en el piso, enferma de resignación y desesperanza. Bajó un poco más la mirada y notó que casi no despegaban los pies del piso, los arrastraban como si llevaran una gran carga sobre los hombros. No se chocaban entre sí pese a ser muchos, como si cada uno supiera de memoria el lugar exacto y el tiempo que debía usar para desplazarse. Chocó con uno, dos, decenas de ellos como en una gran carambola digna de un magistral billarista. Intentó recordar a alguno de ellos ¿Astarita? Su padre siempre hablaba de él cuando algo ocurría en forma fortuita, o de carambola, como le gustaba decir. Pero él sabía muy bien que nada de lo que ocurría a su alrededor pasaba por casualidad.
 ¡CASUALIDAD!
Una palabra que podía disfrazar de inocente la peor canallada. Volvió a tropezar con uno de aquellos anestesiados seres, luego con otro y otro más. De pronto empezó a bajar las escaleras y un soplo de aire fresco le pegó en la cara. Dos uniformados con largas armas caminaban por la zona de boleterías. No pudo impedir sentir un ramalazo de temor. Miró los caños de las armas, sus gatillos, imaginó su pecho agujereado por las balas, intento imaginar como sería morirse y se volvió a acordar de los pibitos en la vereda de la pizzería. La sangre en la rodilla del más chiquito, sintió el frío de sus pies, el dolor de sus estómagos y volvió a sentir nauseas. Pensó por un instante que a veces morir es menos doloroso que vivir y casi no sé dio cuenta que se llevaba por delante a un señor menesteroso, pobre de toda pobreza y muy sucio. El olor del individuo contrastó con el de su perfume de Kenzo. Volvió a revolvérsele el estómago pero ahora por otro motivo.       
La vereda se apelotonó contra sus pies nuevamente en forma vertiginosa. Casi corría. La gente pasaba a su lado como en una pesadilla. Atravesó la calle, por lo menos debió haberlo hecho para poder llegar a la vereda de la farmacia, sin notarlo y se llevó por delante el puesto de flores. Los colectivos pasaban a su lado sin prestarle atención y emitiendo fuertes humaredas de gasoil, algunos negocios amagaban con levantar sus persianas; de debajo de otras asomaban algunos hilillos de agua (señal que estaban limpiando los pisos) Recordó la suciedad del mendigo a la salida del andén y recordó aquella canción que habla sobre los autos que son más acariciados que un hombre extraño. Se sintió un invasor en su propia vestimenta, le dolieron sus ropas. Su camisa planchada y su pantalón de alpaca; su saco de lanilla y su bufanda; sus zapatos de Grimoldi de ciento veintinueve pesos. No pudo reprimir un escalofrío. Miles de imágenes pasaron por su cerebro como polaroides desbocadas. Los pibes, el gordo y sus puteadas, la sangre, los gendarmes, el linyera, el colectivo, los hombros, las armas, los coches, los pies arrastrándose, los gatillos, de vuelta los pibes masticando desperdicios, sus bocas masticando, masticando, masticando. Sus bocas cada vez más grandes y feroces, sus bocas reclamando justicia en el acto mismo de masticar basura en la vereda. Las miradas de la gente que había cruzado comenzaron a bombardearlo como en una película futurista. Sintió el dolor en su piel del impacto de aquellas miradas. Sintió como le laceraban la piel, como le salían cientos de llagas que dolían apenas, como el raspón al pibe, pero que se potenciaban por su cantidad hasta volver su piel una manta de dolor. Un banquinazo le hizo notar que había subido a un colectivo. Miró alarmado a su alrededor y notó que faltaba poco para bajar. Sus ojos se posaron en su propio pie izquierdo que se balanceaba sobre su pierna derecha. Se detuvo en él, se ensimismo, perdió nuevamente noción del tiempo hasta que sin saber como se levantó nervioso y tocó el timbre.
Bajo como todos los días en la misma parada y casi sin ver cruzó a paso rápido la avenida. Notó que hacía frío. Mucho frío. Volvió a pensar en aquellos pibes, en su casa ahora vacía, en su cama vacía, en su heladera. ¿Tendrían heladera? Notó que el pasto empezaba a transpirar en algunos jardines y apuró un poco el paso. Un coche, dos, algunos transeúntes. Miró al cielo para asegurarse su existencia y recordó que hacía demasiado que no creía en él, pero allí estaba, aunque le pareció un icono carente de contenido. ¡Buen día! ¡Buen día! ¡Buen día! Contesto un buen día vaciado de convicción, puro formalismo y entró resignado. Silvia caminaba indignada por la sala de ingreso. Buen día, le dijo sin mucho entusiasmo. ¿Te parece? Le preguntó ella indignada. ¡Que salvajada! Disparó casi sin pausa. ¡¿Habrase visto?! Volvió a disparar sin interrupción. Siete cachorritos. ¡¡SIETE!! ¡¡¡Abandonados!!! Dijo exasperada.
Esta gente no tiene perdón de Dios.
                 
                                              Oscar Weidl
06/03/2006 20:18 Autor: Oscar Weidl. Enlace permanente. Hay 1 comentario.

Noche

                                                                                                                                                                            (A la rata Laly, mi musa)
Clap - clap - clap - clap - clap

La noche avanzaba con su funesta carga de frustraciones

Clap - clap - clap - clap - clap
Aquel martilleo era cada vez más violento, más feroz, y el tul de aquellas horas mágicas parecía haberlo atrapado para siempre en su tela de araña
Clap - Clap - Clap - Clap - Clap
Su memoria, torpe, frágil, hacía rato que había olvidado el momento en que comenzó todo, el instante cruel en que su cotidiana paz fue invadida por aquellos reflejos inasibles de caos conformista
CLAP - Clap - Clap - Clap - Clap
Aquel maldito sonido lo traía una y otra vez a la realidad de sus recuerdos. Le impedía huir, evadirse. Buscaba, sin hallarlo, un escape de allí, una manera furtiva de poner distancia. Un atajo a cualquier sitio. Lejos
CLAP - CLAP - Clap - Clap - Clap
Intentó evadirse pero no pudo. Fue peor. La luna lo delató, vaya a saber a cambio de que prebenda y otra vez a empezar.
El primer grado, su primera maestra ¡La vieja aquella! Su primera penitencia. Aquella tarde en el potrero y aquel gol que ya nunca fue.
CLAP - CLAP - CLAP - Clap - Clap
Era inútil intentarlo, lo había comprendido. Cada vez que lograba acumular el valor suficiente para hacerlo fracasaba ostentosa, dolorosamente y de nuevo al comienzo; como en un siniestro juego de la oca donde  era la ficha.
CLAP - CLAP - CLAP - CLAP - Clap
Los fantasmas surgían entre los dedos de sus pies. Su primera caída de la bici. Aquel cajón cerrado, toda aquella gente ensimismada, llorando, aquel penetrante olor. El primer amor, desesperado, su primer no. Esa trágica escondida donde no llegó a librar a todos y muchos nunca volvieron. Aquella gélida mañana de invierno, la escarcha en el pasto, la plaza desierta )descierta( nada que hacer más que tiritar, nada, atroz aburrimiento, ¿Esto era tan bueno?
CLAP - CLAP - CLAP - CLAP - CLAP
Minúsculos, implacables alfileres aguijonean la conciencia. La sangre galopa despavorida.
CLAP - CLAP - CLAP - CLAP – Clap
Hace un milenio la muerte lo besó en la boca y el mentol de su aliento le secó el alma.
¿Porqué aflojó en los últimos metros de aquella escondida?
¿Porqué erró aquel gol?
CLAP - CLAP - CLAP - Clap - clap
Lágrimas en las mejillas. No podemos. Es una locura. Yo tengo la solución. El dolor visceral del arrebato y el Amor que jamás volverá a ser lo mismo.
CLAP - CLAP - Clap - clap - clap
Ya no recordaba el comienzo de aquel clapoteo, ni el momento  preciso de aquella primera vez. Tampoco su primera rabona a la vida.
CLAP - Clap - clap - clap - clap
Desde su adolescencia entendía y no aquella situación. Mientras unos lloraban, otros de rostro enjuto  no decían nada. Aquellos extraños autos verdes junto a la vereda. Ese feo hedor de claveles (cadáveres descomponiéndose)
Clap - clap - clap - clap - clap
Un haz, tímido de luz, murmura. Miedo, mucho miedo.
No pudo superar el temblor. Quiso escapar, pero... adónde.
Arrió las banderas.
clap - clap - clap - clap - clap
La rubia fragancia de medialunas asoma a los visillos de la panadería.
Un día más está empezando.
Otro día.
                                       Oscar Weidl
06/03/2006 20:23 Autor: Oscar Weidl. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Andén

                                                                 “La vida es una herida absurda”
La noche esquiva gotas de lluvia y se disfraza de mañana. El Fredo y La María hablan, El Negrito, El Cabeza, La Ceci, David y Juancito corren de acá para allá. Difícil entender tanta vitalidad a semejante hora de la vida. Los pibes juegan y saltan, hurgando todo y pasan corriendo entre las reflexiones y concejos del Fredo y los retos de la Chapu que los previene sobre “El Chancho” que está en la otra punta.
Fredo habla del Guille, lo contrapone de ejemplo. “...se emborrachó, aspiró pocsirran y se metió a robar en la casa de un tira ¡Lo molieron a palos! ¿Así quieren terminar ustedes?..” pregunta sin enarbolar ninguna bandera de moral o conducta.
No propone a los pibes un dogma moralista, solo que sobrevivan.
“...eso no es nada – dice la María – cuando se pudo escapar le encajaron cuatro tiros ¡Cuatro! – reafirma como para convencerse que son muchos – Uno le dio en la pierna y ahora la bala  le está corriendo por el cuerpo. Si no le sacan rápido el plomo van a tener que cortarle la pierna o es boleta ¡Y eso que fue con una veintidós!..”
Si bien nadie lo menciona, la edad del Guille puede presumirse entre los diez y los catorce años.
“...esas son las peores – dice Fredo – el plomo es más chico y corre más fácil ¡¿ustedes quieren terminar así?!” Les pregunta a los chicos que siguen de aquí para allá con su correteo sin prestarle demasiada atención.
Afuera llueve mucho, pero eso no impide que el David corra por los charcos de agua que se han formado en el piso de cemento.
Las charlas se reparten entre futuras víctimas de una violencia fatalista y sus designios divinos. Desde mi rincón oscuro escucho, y de repente el sueño se escapa por los oídos. La gente va y viene pensando en su trabajo, o tal vez calculando hasta cuando lo tendrán o que tendrán que conceder para poder conservarlo.
Las agujas del reloj caminan lentamente como en todas las esperas. Mis ojos se relajan  y buscan, cómplices, un sitio oscuro donde  morder su cansancio.
“. La Adriana va a perder si no la corta.” Siento entre velos. “...la Negra se salvó porque la hermana le encajó cuatro puñaladas... ¡¡Casi la mata!!.”
Los párpados pesan una enormidad y los faroles comienzan a caminar lentamente, después no tanto.
                                               Oscar Weidl
06/03/2006 20:30 Autor: Oscar Weidl. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Rojo

Rojo, como el infierno, doloroso como la realidad. ¿Quién dijo que el infierno es rojo? ¡Obvio que es rojo, por eso los comunistas se van al infierno! Dijo María que aún recordaba su clase de catecismo. ¿Quién dijo eso? Insistió Fernando. El padre José, dijo María, el siempre dice que los comunistas se van al infierno porque no van a la iglesia.

Rojo, como el infierno, como la camiseta de Independiente, dolorosa como una goleada ante Racing. ¡Tenés que trabajar Cachito! Sentenció doña Tita y no hubo apelación. Fernando, que a los ocho ya era Cachito cambió el lápiz y el cuaderno por el balde de albañil. Dura tarea para un chico. Mal paga, demoledora para su cuerpito esmirriado. Así el Cachito comenzó una carrera que vería su cúspide a los 23, cuando empezara a trabajar como albañil, en vez de ayudante.

Rojo, como el infierno, como la bandera del partido, dolorosa, como la suerte de los compañeros. A los dieciséis se afilió, de la mano del Beto, el le lleno la ficha y lo llevó a las primeras reuniones clandestinas, después de largas charlas. ¡Qué tiempos aquellos! El Beto estaba convencido que los pobres, proletarios decía el, iban a ser los que mandaran. ¡Pobre Beto! ¡Qué iluso! Pero era lindo oírlo hablar, encenderse y arengar a la gente. Después… bueno… todos sabemos lo que le pasó al Beto. Después… ¿para qué hablar de eso?

Rojo, como el infierno, como el vino de cada tarde, doloroso, como despertar con resaca. Tenía veintiséis cuando la mala. ¡Diez años de partido!0 y de repente la noche. Beto aviso que pasaba a la clandestinidad, como mi responsable me aconsejo lo mismo. Muchos compañeros del partido se tabicaron. Algunos pasaron a la clandestinidad, otros directamente salieron del país. El Cacho se quedó. ¿Adónde iba a ir?

Rojo, como el infierno, como el rostro de la vergüenza, doloroso como la verdad. En aquellos años el Cacho empezó a pasarse con el tinto. Es que de a ratos, solo de a ratos, y estando bien borracho podía olvidar el horror. El Beto, la China, el Boli, el Cabezón Acuña, el Alemán Schultz, todos corriendo la misma suerte. La pregunta lo rondaba todo el tiempo en la cabeza: ¿para cuando le tocaba a él? ¿Será esta noche? ¿Mañana? Salía de la obra y se iba para La Luna, ahí dejaba casi todo lo que ganaba en la changa y después, tarde, al rancho a dormir. Casi inconsciente, insensible, incapaz de pensar o coordinar. ¡Otra noche! ¡Otro día! Uno más.

Rojo, como el infierno, doloroso como la vida. A los veintinueve le dijo a la Negra de irse a vivir juntos y nueve meses después nacía el Juancito, y la Carmencito, la Laura, el Roberto y el Carlos. En escalera. Los chicos le hicieron olvidar los miedos, pero no la costumbre de visitar La Luna cada tarde, al salir de la obra y llegar a los tumbos a la casa. Doce años vivieron juntos con la negra. Un día, cansada de los golpes y la miseria, ella se fue. Agarró sus cuatro trapos y los críos y se fue. Nunca más supo el Cacho de ellos. Alguien dijo que se había ido a la provincia.

Rojo, como el infierno, como el cielo antes de las tormentas bravas, doloroso, como las traiciones. Hacía mucho tiempo que el Cacho no conseguía trabajo ni en las changas, su físico, minado por la vida destemplada y el exceso de alcohol ya no tenía fuerza ni firmeza para trabajar. Solo el Ruben, de vez en cuando, lo llevaba de ayudante. Pero tampoco tenía mucho trabajo el Ruben, ¡si vivía mamado! El pelo largo y blanco de canas, la barba crecida, el cuerpo flaco. El Cacho era una mezcla entre Marx y el Quijote. Después de algunos vinos se le daba por hablar incoherencias. ¡Que los oprimidos, que la revolución! ¡qué el gobierno del pueblo! ¡A quemar las iglesias y distribuir la riqueza! Arengaba a la cohorte de borrachos. Hablaba del tal Beto y de la China y muchos más que nadie recordaba (o preferían no recordar) y al final se enojaba y empezaba a pelear. Los otros borrachos lo echaban a la calle y solo el Ruben, vaya a saber porque, borracho perdido como el, le hacía el aguante. Entonces cruzaban las calles de tierra del pueblo, el campito, las vías y se iban a lo de con Tomás a seguir tomando. A veces no llegaban. De tan borrachos se caían por el camino y amanecían entre los yuyos, todos meados y vomitados.

Rojo, como el infierno. Así vio todo el Cacho. De repente esa luz que encandilaba, y el ruido, a huesos, y la bocina infernal… El Ruben miraba desde el costado sin poder terminar de subir por la mamúa y el que lo llamaba sin ningún resultado. Esa luz que avanzaba, como la vida, muy rápido. ¿Me vendrán a buscar? Pensó. Miró una vez más al Ruben y le grito algo que ninguno de los dos entendió y de pronto…

Rojo, como el infierno, no veía nada, no escuchaba nada. ¡Todo rojo! Un huracán violento lo levantó en el aire y el cuerpo rebotó sobre los pastos. La luz siguió su paso. El brazo le dolía y la cabeza y la espalda. Como en tantas mañanas de resaca la vida le caía encima con toda su crudeza. Esa gente lo miraba como a un mono, todos parados a su lado. Casi no se podía mover. Los pibes corrían alrededor suyo como tantas veces. ¡Don Cacho, Don Cacho! Gritó la paraguaya del almacén. Alguien al lado anotaba en un papel cosas que preguntaba. Quiso levantarse pero le dijeron que se quedara quieto. Igual quiso levantarse pero no pudo, el cuerpo le dolía y no respondía. ¡Debía estar muy borracho! El Ruben, ¿cuando no? Se cayó al lado suyo de cabeza. Las licuadoras llegaron dando vueltas y soltando su pito. Alguien a quien no conocía se agachó a preguntarle algo. No lo entendió. Le contestó una frase que ni el mismo supo comprender. Lo subieron a la camilla y pensó que se iba a desmayar por el dolor. Volvieron a insistir con las preguntas. ¡No los entendía! Cerraron la puerta y la ambulancia se puso en marcha. Atrás quedaban el Ruben, tirado entre los pastos, borracho perdido; los vecinos, alborotados como un hormiguero antes de la lluvia; el tren, extrañamente inmóvil en medio de la barriada y los pasajeros yendo y viniendo, también el patrullero. Cerró los ojos una vez más, veía todo rojo, como el infierno, como la camiseta de su Independiente, como el cielo antes de las tormentas. Pensó en el Beto ¿dónde andaría ahora? ¿En el cielo o el infierno? Y se acordó de María…

                                                                                                                                                                                                   O. W.

06/03/2006 20:34 Autor: Oscar Weidl. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.


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