Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2007.
La Balsa
“¡Qué falta de respeto!
¡Qué atropello a la razón!”
Enrique Santos Discepolo
Ni bien sus pies tocaron el piso de aquel terreno olvidado de dios por años en Claypole se acordó de Ginle, de su balsa…
- - -
Entre la tierra despareja se extendían los trapos y algunas chapas. Por aquí y por allá la desesperación caminaba a la débil sombra de algún arbolito. Los pibes caminaban descalzos y las mujeres, con sus ropas desgastadas por el tiempo, hablaban en voz baja mientras preparaban, en un improvisado fogón, matecocido.
Era difícil precisar la cantidad, aunque eran muchas familias.
- - -
Esta es mi realidad, soy un desocupado, el gobierno me niega un trabajo y me miran raro porque saco fotos.
¿Qué mal hago sacando fotos? ¡Son fotos de la ciudad! ¡Esto es una dictadura!
¿De qué vivo? ¿Esto es vivir? De la libreta…
- - -
Mientras hablaba con los pobladores aquí y allá se fastidió con el clima. ¡Maldito calor! ¡Maldito verano! ¡Malditos Bush, la General Motors y el calentamiento global!
Su pié se metió en una zanjita de desagote y sus zapatos se embarraron. Volvió a maldecir, eran nuevos, casi sin proponérselo de puso a meditar una vez más sobre la inconveniencia de su ropa.
- - -
¡Soy un perseguido político!
Me persiguen porque soy adventista del séptimo día. ¡Mi madre también lo es!
Por eso no me dan trabajo. Es terrible tener que comer todo el mes con lo que viene en la libreta. Ya no se que hacer. En este país no se puede vivir. Es cierto lo que decís de la educación, pero la salud… los cubanos no nos enfermamos y además… mi prima tuvo que abandonar la escuela, porque sus compañeros se mofaban de ella por su religión y entonces ya no quiso estudiar. Todo por ser adventista y creer en Dios.
- - -
Mire señor, hace años que el Roque no tiene trabajo. Nosotros cobramos el plan y él y yo hacemos algunas changas de vez en cuando. El de lo que salga, yo hago limpieza, pero igual no nos alcanza. Además, en el 2001 fuimos a parar a la casa de mi cuñado, pero hace un par de meses el Juan también se quedó sin trabajo y nos estaban por desalojar, así que cuando supimos de esta toma agarramos lo poco que tenemos y nos vinimos.
Esta muy difícil la cosa, cada vez se hace más duro vivir.
- - -
Se sacudió un poco el pie y siguió caminando. Una y otra vez maldecía su suerte. Tenía los zapatos embarrados y ahora, para colmo, algunas nubes amenazaban con lluvia. El barro lo dominaba casi todo (es que la noche anterior también había llovido). Debajo del chaperío algunos chicos comían un pedazo de pan que había acercado una panadería del Movimiento de trabajadores desocupados y un jarro de matecocido sentados sobre unos cajones enclenques , improvisados asientos. También allí había barro. Por suerte era verano, si no se hubieran enfermado y ya se sabe lo que ocurre cuando un pobre se enferma… Mucho más si está en la categoría de marginado.
- - -
Y después preguntan porque nos subimos a una balsa, seguía Ginle con su monólogo del desespero, si no nos queda otra opción. Acá no hay futuro. Solo quedó en silencio cuando debió responder a mi pregunta de si sabía que aquí los servicios públicos como el gas, el agua, la luz y el teléfono se pagan y que cada habitante debe pagar dinero de su bolsillo para mantener al estado y cuando quise saber como hace un desocupado que no trabaja para poder revelar rollos de fotos.
- - -
Nosotros no pedimos que nos regalen nada, señor, los dueños de estos terrenos no pagan los impuestos hace 30 años y nosotros no tenemos donde caernos muertos. ¡Queremos pagarlos! Pero de a poco, y poder levantar nuestras casitas.
Le estamos pidiendo al gobierno que nos de algo que comer, pero no nos reciben siquiera. Solo tenemos lo que nos acercan algunos vecinos y una organización de trabajadores.
- - -
Unas pocas gotas empezaron a caer, eran grandes como uvas. Miró al cielo y maldijo una vez más. Sacó las últimas fotos y se fue rápido del asentamiento para gambetear la lluvia. Un cerco de patrulleros daba un aspecto inquietante al lugar, al tiempo que mostraba como la sociedad organizada delincuenciaba a esa gente sin nada.
La información que poseía decía que el desalojo era inminente. Pensó en cuanto placer sentirían algunos de esos policías si los autorizaban a golpear a esa gente indefensa y sintió asco.
Mientras se alejaba del lugar miró una vez más a los chicos correr despreocupados. Tal vez mañana alguno de ellos fuera noticia.
- - -
Tú no entiendes porque no vives aquí. Esto es inhumano. Comer siempre lo mismo, vivir en una casa que no tiene comodidades. Los cubanos no podemos pagar los hoteles adonde van los turistas.
¿Eso es libertad?
¡Aquí el único futuro está en una balsa!
- - -
Pensó en Rosa, Juan, Roque. En toda esa gente que hoy estaba en los diarios y noticieros por ocupar un terreno que hacía 30 años que era un basural y que mañana tal vez volviera a ser noticia por un desalojo a puro palo de la policía.
Pensó en los graves problemas de Ginle en el caribe y sonrió con tristeza.
Pensó que los problemas de cada quién son los más importantes.
¿Qué será eso que llaman democracia? Se preguntó.
Los ojos se hundieron más allá de los cristales de la ventanilla, en ningún lugar y comenzó a tararear un tango.
“…qué falta de respeto, que atropello a la razón…”!
Por qué
Sus manitas desoladas se aferraron con fuerza a esa mano gigante que tanta seguridad debía darle y solo le brindaba indiferencia.
¿Por qué papá? Preguntó con su cara bañada en lágrimas de décadas. Sus ojos se volvieron repentinamente aniñados y sus manos buscaron desesperadamente esas manos en las de su marido. Se aferró a ellas como un náufrago y de repente noto que estaba tremendamente sola.
¿Por qué papá? Se preguntó una vez más, aunque ahora en silencio. Recordó su infancia descolorida y áspera, habitada por el capricho del autoritarismo y el desamor; la adolescencia preñada de sueños musicales, el conservatorio… ¡la carrera del secretariado!
Lloró con un llanto amargo al recordar aquel estudio obligado, “porque eso si sirve, no como la mierda de la musiquita”, persistente, desconsolado. Sus tías, las que nunca comprendieron nada, siguieron haciéndolo ahora y trataron de consolarla por la pérdida.
“No llores querida, el ahora está en buenas manos” le dijeron.
Pero… ¿a quién podía importarle la suerte de semejante tipo? ¿quién se preocupa por la suerte de su verdugo?
Recordó los primeros días con Damián, mayor que ella, y su apresurada propuesta de casamiento. Recordó que más que el amor fue el espanto quien dio el asentimiento.
Recordó los años de manso compañerismo, esa forma tan tranquila del amor que terminó asesinando la pasión.
Recordó la irrupción volcánica de Gabriel, rompiendo todo a su paso, hasta su corazón enamorado.
La llegada de Luna, con sus besos de miel.
Su vida… tan blanda, tan chata, tan amarga.
¡¿Por qué papá?! Volvió a preguntarse para si misma mientras se refugiaba en una taza de café.
Deseó que lloviera y salir a caminar hasta que las gotas llegaran a sus huesos. Era curioso, toda la vida había odiado a ese hombre, hasta el punto de decidir no hablarle y ahora, que por fin había muerto no podía sino sentir desazón. Dolor por no haber podido escuchar sus respuestas, aquellas respuestas, que en su soberbia tal vez jamás habría contestado.
El café se consumió entre sus dedos.
¿Por qué papá?
Sonaba como un eco la pregunta sin respuesta. Allá abajo las casas de su niñez y su infancia la miraban en silencio, ese silencio hosco que tanto conocía.
Adelante la nieve de la cordillera pintaba de blanco el porvenir. Ajustó una vez más el cinturón, no hacía falta, pero siempre lo ajustaba una vez más. A su lado alguien, indiferente, leía una revista.
Cerró los ojos por un instante que pareció una eternidad, cuando los volvió a abrir miró nuevamente las casa por la ventanilla. Ya se veían muy pequeñas, tanto como su pasado.
Las miró con tristeza y esbozo una pregunta sin esperar respuesta.
¿Por qué?

