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makandal

Por qué

Sus manitas desoladas se aferraron con fuerza a esa mano gigante que tanta seguridad debía darle y solo le brindaba indiferencia.

¿Por qué papá? Preguntó con su cara bañada en lágrimas de décadas. Sus ojos se volvieron repentinamente aniñados y sus manos buscaron desesperadamente esas manos en las de su marido. Se aferró a ellas como un náufrago y de repente noto que estaba tremendamente sola.

¿Por qué papá? Se preguntó una vez más, aunque ahora en silencio. Recordó su infancia descolorida y áspera, habitada por el capricho del autoritarismo y el desamor; la adolescencia preñada de sueños musicales, el conservatorio… ¡la carrera del secretariado!

Lloró con un llanto amargo al recordar aquel estudio obligado, “porque eso si sirve, no como la mierda de la musiquita”, persistente, desconsolado. Sus tías, las que nunca comprendieron nada, siguieron haciéndolo ahora y trataron de consolarla por la pérdida.

“No llores querida, el ahora está en buenas manos” le dijeron.

Pero… ¿a quién podía importarle la suerte de semejante tipo? ¿quién se preocupa por la suerte de su verdugo?

Recordó los primeros días con Damián, mayor que ella, y su apresurada propuesta de casamiento. Recordó que más que el amor fue el espanto quien dio el asentimiento.

Recordó los años de manso compañerismo, esa forma tan tranquila del amor que terminó asesinando la pasión.

Recordó la irrupción volcánica de Gabriel, rompiendo todo a su paso, hasta su corazón enamorado.

La llegada de Luna, con sus besos de miel.

Su vida… tan blanda, tan chata, tan amarga.

¡¿Por qué papá?! Volvió a preguntarse para si misma mientras se refugiaba en una taza de café.

Deseó que lloviera y salir a caminar hasta que las gotas llegaran a sus huesos. Era curioso, toda la vida había odiado a ese hombre, hasta el punto de decidir no hablarle y ahora, que por fin había muerto no podía sino sentir desazón. Dolor por no haber podido escuchar sus respuestas, aquellas respuestas, que en su soberbia tal vez jamás habría contestado.

El café se consumió entre sus dedos.

¿Por qué papá?

Sonaba como un eco la pregunta sin respuesta. Allá abajo las casas de su niñez y su infancia la miraban en silencio, ese silencio hosco que tanto conocía.

Adelante la nieve de la cordillera pintaba de blanco el porvenir. Ajustó una vez más el cinturón, no hacía falta, pero siempre lo ajustaba una vez más. A su lado alguien, indiferente, leía una revista.

Cerró los ojos por un instante que pareció una eternidad, cuando los volvió a abrir miró nuevamente las casa por la ventanilla. Ya se veían muy pequeñas, tanto como su pasado.

Las miró con tristeza y esbozo una pregunta sin esperar respuesta.

¿Por qué?

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La Balsa


“¡Qué falta de respeto!

¡Qué atropello a la razón!”

Enrique Santos Discepolo

Ni bien sus pies tocaron el piso de aquel terreno olvidado de dios por años en Claypole se acordó de Ginle, de su balsa…

- - -

Entre la tierra despareja se extendían los trapos y algunas chapas. Por aquí y por allá la desesperación caminaba a la débil sombra de algún arbolito. Los pibes caminaban descalzos y las mujeres, con sus ropas desgastadas por el tiempo, hablaban en voz baja mientras preparaban, en un improvisado fogón, matecocido.

Era difícil precisar la cantidad, aunque eran muchas familias.

- - -

Esta es mi realidad, soy un desocupado, el gobierno me niega un trabajo y me miran raro porque saco fotos.

¿Qué mal hago sacando fotos? ¡Son fotos de la ciudad! ¡Esto es una dictadura!

¿De qué vivo? ¿Esto es vivir? De la libreta…

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Mientras hablaba con los pobladores aquí y allá se fastidió con el clima. ¡Maldito calor! ¡Maldito verano! ¡Malditos Bush, la General Motors y el calentamiento global!

Su pié se metió en una zanjita de desagote y sus zapatos se embarraron. Volvió a maldecir, eran nuevos, casi sin proponérselo de puso a meditar una vez más sobre la inconveniencia de su ropa.

- - -

¡Soy un perseguido político!

Me persiguen porque soy adventista del séptimo día. ¡Mi madre también lo es!

Por eso no me dan trabajo. Es terrible tener que comer todo el mes con lo que viene en la libreta. Ya no se que hacer. En este país no se puede vivir. Es cierto lo que decís de la educación, pero la salud… los cubanos no nos enfermamos y además… mi prima tuvo que abandonar la escuela, porque sus compañeros se mofaban de ella por su religión y entonces ya no quiso estudiar. Todo por ser adventista y creer en Dios.

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Mire señor, hace años que el Roque no tiene trabajo. Nosotros cobramos el plan y él y yo hacemos algunas changas de vez en cuando. El de lo que salga, yo hago limpieza, pero igual no nos alcanza. Además, en el 2001 fuimos a parar a la casa de mi cuñado, pero hace un par de meses el Juan también se quedó sin trabajo y nos estaban por desalojar, así que cuando supimos de esta toma agarramos lo poco que tenemos y nos vinimos.

Esta muy difícil la cosa, cada vez se hace más duro vivir.

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Se sacudió un poco el pie y siguió caminando. Una y otra vez maldecía su suerte. Tenía los zapatos embarrados y ahora, para colmo, algunas nubes amenazaban con lluvia. El barro lo dominaba casi todo (es que la noche anterior también había llovido). Debajo del chaperío algunos chicos comían un pedazo de pan que había acercado una panadería del Movimiento de trabajadores desocupados y un jarro de matecocido sentados sobre unos cajones enclenques , improvisados asientos. También allí había barro. Por suerte era verano, si no se hubieran enfermado y ya se sabe lo que ocurre cuando un pobre se enferma… Mucho más si está en la categoría de marginado.

- - -

Y después preguntan porque nos subimos a una balsa, seguía Ginle con su monólogo del desespero, si no nos queda otra opción. Acá no hay futuro. Solo quedó en silencio cuando debió responder a mi pregunta de si sabía que aquí los servicios públicos como el gas, el agua, la luz y el teléfono se pagan y que cada habitante debe pagar dinero de su bolsillo para mantener al estado y cuando quise saber como hace un desocupado que no trabaja para poder revelar rollos de fotos.

- - -

Nosotros no pedimos que nos regalen nada, señor, los dueños de estos terrenos no pagan los impuestos hace 30 años y nosotros no tenemos donde caernos muertos. ¡Queremos pagarlos! Pero de a poco, y poder levantar nuestras casitas.

Le estamos pidiendo al gobierno que nos de algo que comer, pero no nos reciben siquiera. Solo tenemos lo que nos acercan algunos vecinos y una organización de trabajadores.

- - -

Unas pocas gotas empezaron a caer, eran grandes como uvas. Miró al cielo y maldijo una vez más. Sacó las últimas fotos y se fue rápido del asentamiento para gambetear la lluvia. Un cerco de patrulleros daba un aspecto inquietante al lugar, al tiempo que mostraba como la sociedad organizada delincuenciaba a esa gente sin nada.

La información que poseía decía que el desalojo era inminente. Pensó en cuanto placer sentirían algunos de esos policías si los autorizaban a golpear a esa gente indefensa y sintió asco.

Mientras se alejaba del lugar miró una vez más a los chicos correr despreocupados. Tal vez mañana alguno de ellos fuera noticia.

- - -

Tú no entiendes porque no vives aquí. Esto es inhumano. Comer siempre lo mismo, vivir en una casa que no tiene comodidades. Los cubanos no podemos pagar los hoteles adonde van los turistas.

¿Eso es libertad?

¡Aquí el único futuro está en una balsa!

- - -

Pensó en Rosa, Juan, Roque. En toda esa gente que hoy estaba en los diarios y noticieros por ocupar un terreno que hacía 30 años que era un basural y que mañana tal vez volviera a ser noticia por un desalojo a puro palo de la policía.

Pensó en los graves problemas de Ginle en el caribe y sonrió con tristeza.

Pensó que los problemas de cada quién son los más importantes.

¿Qué será eso que llaman democracia? Se preguntó.

Los ojos se hundieron más allá de los cristales de la ventanilla, en ningún lugar y comenzó a tararear un tango.

“…qué falta de respeto, que atropello a la razón…”!

La Nieta

Es la historia de siempre, pensó, terminó de juntar sus cosas. La ropa estaba amontonada en un bolso esperando la partida, un muñeco, recuerdos de un tiempo de inocencia robada. Algunos papeles de valor los había guardado dentro de un sobre de papel manila. Lo cerró con cuidado y lo colocó en el bolsillo del bolso que también cerró con atención.

Se paró y exhaló un eterno suspiro que atravesó por completo el moreno metro sesenta y uno de su cuerpo. Miró el bolso sobre la silla con ojos vacíos, abrió el cierre y volvió a agarrar el sobre de papel. Sacó las fotos. No eran muchas, apenas una media docena.

Miró una y otra vez esas imágenes rugosas ganadas por un sepia impiadoso. Las estrujó con odio y las tiró al piso.

Guardó el sobre ganada por la ira. Unas gotas impotentes habitaron sus ojos, repentinamente de niña, las sacudió de un manotazo como a los recuerdos de aquella niñez y se agachó a recoger las fotos. Las aliso torpemente sobre la mesa. Volvió a mirar el rostro feliz y sonriente del maldito viejo. ¡Feliz!

Sobre la arena de Santa Teresita, en pantalón de baño; con su caña de pescar; trajeado en su despacho del juzgado; recogiendo ciruelas…

En un gesto espasmódico las partió en mil pedazos y se las tiró sobre el pecho.

¿Porqué me hiciste todo eso? Le preguntó, aunque no recibió ninguna respuesta.

Un gesto indescifrable se dibujo en su cara cuando abrió la puerta de su cuarto de infancia, era imposible decir si era tristeza; nostalgia o dolor. Quizás también había una pizca de remota felicidad.

Lloró al recorrer las paredes, como si estuviera presente en si propio entierro.

No supo cuanto tiempo había pasado cuando reaccionó y casi de un salto fue hasta el baño. Se lavó las manos y un miró el agua, tornasolada al rosa correr desagüe abajo, tomó las toallas y también el alcohol del botiquín como una autómata. Sus ojos no registraron el paso de su imagen por el fondo del espejo.

Salió del baño y fue hasta la cocina, dejó en la mesada la cuchilla de acero de Toledo e hipérica, como un fantasma vindicador, abrió la llave del horno mientras agarraba la caja de fóstforos. Ya totalmente histérica fue hasta el dormitorio del abuelo.

Su rostro era un mar y su boca un látigo.

¡Viejo de mierda!

¡Viejo de mierda!

 Su boca repetía la frase mientras hacía todo con celeridad. Arrancó la ropa de la cama y la desparramó por el piso. Levantó el colchón con furia y lo tiró a un costado. Como una autómata abrió la puerta del viejo ropero, con tal violencia que las gastadas bisagras se desencajaron y terminó en el piso, con el espejo de bordes biselados hecho trizas. Aquel espejo con dibujos en sus esquinas donde florecía su risa de niña cuando aún soñaba la felicidad de ser mujer. Agarró con seguridad los billetes guardados debajo de las camisetas. Dio media vuelta y pareció calmársela poner el fajo de dinero en su bolsillo.

Volvió a la sala donde estaba el viejo. En el trayecto destapó la botellita del alcohol, la roció sin dudar, de manera desprolija.

Intentó encender un fósforo, pero se quebró el palillo por la presión de sus dedos, respiró profundo, tomó otro y esta vez si. Lo acercó con unción y la llamarada se reflejo en su rostro. La impresionó el olor. El viejo se encendió de inmediato.

Tiró toda la caja sobre el cuerpo y miró fascinada como estallaba como un festejo pirotécnico, después se acomodó el pelo, miró su ropa, la alisó un poco y salió a la vereda. El fuego ya llegaba los sillones y se extendía.

No había nadie en la calle.

Caminó los cien metros hasta el colectivo que como de costumbre se hizo esperar.  Cuando llegó sacó su boleto y se sentó tranquila. Un hombre mayor, desde el asiento de enfrente, la desnudó con la mirada. Sintió repulsión y miró hacia fuera por la ventanilla. Aún no habían llegado a Rosales cuando una gran explosión conmocionó el ambiente.

Los pasajeros se sobresaltaron.

Ella, no dijo nada, buscó la mirada del hombre y le regaló una sonrisa…

El viejo del andén

La llovizna lo penetra todo, humedece hasta el alma en esta madrugada primaveral y oxida pacientemente hasta el corazón. Desde su alojamiento cinco tetras, Federico, mira con desdén el ir y venir cansino de pasajeros resignados a su suerte de pasar a aquella hora, en aquel día, en aquel tren.

Cada tanto, muy de cuando en vez, algún par de pies distinto pisa el cemento con ganas, con seguridad, como para someterlo. Son tan raras esas ocasiones que Federico se asoma, cuando ocurre, a ver al portador de esas pisadas.

*         *           *

Federico es un filósofo urbano. Un caballero andante. Sin armadura, por supuesto, porque sería muy rápidamente corroída por la lluvia ácida. Vive fuera del sistema y de la ley por decisión propia. No respeta ni reconoce autoridad ni dios. Vive para ser libre y por placer, solo por placer, estudia a los hombres. Cómo miran, caminan, hablan, gesticulan, saludan al pasar.

Temprano, a la mañana se da una recorrida por su territorio en busca del alimento que le tributan, como a un semidios, los buscas del andén; facturas de ayer, chipá, una porción de pizza algo para engañar al estómago y afrontar el día junto a su te caliente y amargo, como, según dice, se toma el te.Al ocaso recorre el lugar en busca de monedas y de algo de charla con la gente. A veces, algún extraño conocido lo para y le da lata, y después de un par de horas le da unos billetes para el olvido. Otros, pasan a su lado y por su forma extraña, y harapienta le dan unas chirolas que recibe con desprecio. Cuando oscurece se cruza hasta La Luna y se toma un par de tintos bien cargados, discute con los parroquianos y después se va hasta el almacén del gallego y se compra un par de tetras y un pedazo de queso o un caldo en cubo y un pan y vuelve despacio a su cubil.Nadie sabe cuantos años tiene Federico, ni puede asegurar que ese sea su nombre. Su pelo largo, muy largo y con rastas naturales aclarado por las canas y la mugre y su barba tan larga como su impertinencia hablan de muchos, pero... cuántos.Imposible saberlo.Federico no habla mucho con la gente, más bien masculla, y solo de vez en cuando encuentra la magia en un saludo que abre el cerrojo de su desinterés.¡Y entonces sí! Su boca dispara palabras por doquier. Sus opiniones son ráfagas, sus recuerdos aludes de imágenes, detalles, hechos. Habla de Palacios, Barceló, Perón, Balbín, Mario y de un tal Oliverio. Recita brillantes poemas escritos en ningún papel y sus ojos se encienden, se iluminan como estrellas, brillan con pasión. Habla del mundo posible, del hombre nuevo, habla como un poseído del Amor; no del amor carnal, del amor humano, de la fraternidad. 

Sabe de que habla, se nota en su aplomo, en la seguridad de sus expresiones se adivina formación.Cuenta historias de seres que fueron gigantes, adelantados, vanguardia. El brillo de sus estrellas se va opacando, amorosamente, y cuenta historias de locos, de visionarios, de revolucionarios.
Recuerda a Jacobo, el amigo poeta que murió entre sus brazos. Le asesinaron el alma, cuenta, y recuerda los electrochoques, las duchas heladas, los vejámenes y apaleos, las sobredosis, la medicación.

¡Jacobo es el mayor poeta nacional! parece exagerar, y recita unas líneas que congelan la sangre con su inflamada verba de una vitalidad incomparable. Habla de Pedro, que se cargo a once milicos para zafar de una emboscada a su rancho. Pedro era capitán, recuerda, el lo conoció bien. Después de cargarse a los once, y con tres plomos encima, estuvo siete días tabicado en el caño de un cruce de calles. ¡Siete días! ¿Te imaginás? ¡Sin comer! ¡¡sin cobertura de la orga!! ¡¡¡sin tomar nada!!! ¡¡¡¡¡ni ver la luz del sol!!!!!

¡¡¡¡¡¡HAY QUÉ ESTAR!!!!!! Casi grita.

Cuenta que conoció a Pedro  y su historia cuando salió de aquel caño. Por pura casualidad, como podía haberlo encontrado cualquiera. Deliraba. Sus heridas estaban infectadas y la debilidad apenas si le permitía sostener su cuerpo y sus armas en un acto ciclópeo. Lo impresionó aquel hombre.Muchos días tardó Pedro en recuperarse del shock. En sus febriles sueños deliraba y repetía siempre los mismos nombres: Gretel, Jorge, Ana. Y siempre las mismas preguntas: ¿Dónde están? ¿Adónde los llevaron?
Al cabo del tiempo la fiebre atemperó y hasta la debilidad extrema  fue superada.  Aquellos días Federico se convirtió en el ángel protector de Pedro, y dejó de fumar y beber para comprar mejores alimentos. Con los días se hicieron amigos, entrañables amigos. Allí, Pedro le contó de su militancia, que era capitán, que habían hecho un operativo gigante y habían cercado el rancho, que Ana, su compañera, había sido herida en las piernas y no pudo escapar. Que esperaba estuviera muerta, y le contó de la aberración de la tortura, de Gretel y sus ojazos inmensos y de los pocos meses de Jorgito. Que habían protegido a los pibes como pudieron, que no les dieron tiempo a nada. Que eran más de treinta contra ellos dos solos. Que a cinco o seis se los cargaron de entrada. Que una ráfaga de ametralladora prácticamente había seccionado las piernas de Ana antes de decir agua va. Que después de resistir toda la tarde, cuando oscureció, algún vecino gamba, o simplemente la fortuna hizo que se cortara la luz y que en ese momento, con todos los fierros encima, se despidió de la flaca y salió a matar o morir. Que está seguro que despachó a diez u once y ganó el descampado con la complicidad de la luna que no había querido colaborar con los asesinos. Así llegó hasta el caño del cruce de calles sin saber cuanto tiempo estuvo ahí.

*        *        *

Las estrellas terminan de ahogarse y calla. Ya no vuelve a hablar, y tosco, se va caminando despacio con la mirada perdida en el piso.
Da algunas vueltas y se mete en su habitación, bajo el cemento del andén. Con furia y tristeza da vueltas y vueltas, ordena sus bienes, mira pasar la gente con desgano. Una cafetera negra por el tizne, una cuchara, un libro de Dalton, amarillo y gastado, otro de Bakunín, más gastado y amarillo todavía, un recorte también amarillento de Crónica con la foto de un hombre muerto, un tal Pedro Quijano, y una medalla del Che manchada con sangre.                                                                  

                                        Oscar Weidl

Rojo

Rojo, como el infierno, doloroso como la realidad. ¿Quién dijo que el infierno es rojo? ¡Obvio que es rojo, por eso los comunistas se van al infierno! Dijo María que aún recordaba su clase de catecismo. ¿Quién dijo eso? Insistió Fernando. El padre José, dijo María, el siempre dice que los comunistas se van al infierno porque no van a la iglesia.

Rojo, como el infierno, como la camiseta de Independiente, dolorosa como una goleada ante Racing. ¡Tenés que trabajar Cachito! Sentenció doña Tita y no hubo apelación. Fernando, que a los ocho ya era Cachito cambió el lápiz y el cuaderno por el balde de albañil. Dura tarea para un chico. Mal paga, demoledora para su cuerpito esmirriado. Así el Cachito comenzó una carrera que vería su cúspide a los 23, cuando empezara a trabajar como albañil, en vez de ayudante.

Rojo, como el infierno, como la bandera del partido, dolorosa, como la suerte de los compañeros. A los dieciséis se afilió, de la mano del Beto, el le lleno la ficha y lo llevó a las primeras reuniones clandestinas, después de largas charlas. ¡Qué tiempos aquellos! El Beto estaba convencido que los pobres, proletarios decía el, iban a ser los que mandaran. ¡Pobre Beto! ¡Qué iluso! Pero era lindo oírlo hablar, encenderse y arengar a la gente. Después… bueno… todos sabemos lo que le pasó al Beto. Después… ¿para qué hablar de eso?

Rojo, como el infierno, como el vino de cada tarde, doloroso, como despertar con resaca. Tenía veintiséis cuando la mala. ¡Diez años de partido!0 y de repente la noche. Beto aviso que pasaba a la clandestinidad, como mi responsable me aconsejo lo mismo. Muchos compañeros del partido se tabicaron. Algunos pasaron a la clandestinidad, otros directamente salieron del país. El Cacho se quedó. ¿Adónde iba a ir?

Rojo, como el infierno, como el rostro de la vergüenza, doloroso como la verdad. En aquellos años el Cacho empezó a pasarse con el tinto. Es que de a ratos, solo de a ratos, y estando bien borracho podía olvidar el horror. El Beto, la China, el Boli, el Cabezón Acuña, el Alemán Schultz, todos corriendo la misma suerte. La pregunta lo rondaba todo el tiempo en la cabeza: ¿para cuando le tocaba a él? ¿Será esta noche? ¿Mañana? Salía de la obra y se iba para La Luna, ahí dejaba casi todo lo que ganaba en la changa y después, tarde, al rancho a dormir. Casi inconsciente, insensible, incapaz de pensar o coordinar. ¡Otra noche! ¡Otro día! Uno más.

Rojo, como el infierno, doloroso como la vida. A los veintinueve le dijo a la Negra de irse a vivir juntos y nueve meses después nacía el Juancito, y la Carmencito, la Laura, el Roberto y el Carlos. En escalera. Los chicos le hicieron olvidar los miedos, pero no la costumbre de visitar La Luna cada tarde, al salir de la obra y llegar a los tumbos a la casa. Doce años vivieron juntos con la negra. Un día, cansada de los golpes y la miseria, ella se fue. Agarró sus cuatro trapos y los críos y se fue. Nunca más supo el Cacho de ellos. Alguien dijo que se había ido a la provincia.

Rojo, como el infierno, como el cielo antes de las tormentas bravas, doloroso, como las traiciones. Hacía mucho tiempo que el Cacho no conseguía trabajo ni en las changas, su físico, minado por la vida destemplada y el exceso de alcohol ya no tenía fuerza ni firmeza para trabajar. Solo el Ruben, de vez en cuando, lo llevaba de ayudante. Pero tampoco tenía mucho trabajo el Ruben, ¡si vivía mamado! El pelo largo y blanco de canas, la barba crecida, el cuerpo flaco. El Cacho era una mezcla entre Marx y el Quijote. Después de algunos vinos se le daba por hablar incoherencias. ¡Que los oprimidos, que la revolución! ¡qué el gobierno del pueblo! ¡A quemar las iglesias y distribuir la riqueza! Arengaba a la cohorte de borrachos. Hablaba del tal Beto y de la China y muchos más que nadie recordaba (o preferían no recordar) y al final se enojaba y empezaba a pelear. Los otros borrachos lo echaban a la calle y solo el Ruben, vaya a saber porque, borracho perdido como el, le hacía el aguante. Entonces cruzaban las calles de tierra del pueblo, el campito, las vías y se iban a lo de con Tomás a seguir tomando. A veces no llegaban. De tan borrachos se caían por el camino y amanecían entre los yuyos, todos meados y vomitados.

Rojo, como el infierno. Así vio todo el Cacho. De repente esa luz que encandilaba, y el ruido, a huesos, y la bocina infernal… El Ruben miraba desde el costado sin poder terminar de subir por la mamúa y el que lo llamaba sin ningún resultado. Esa luz que avanzaba, como la vida, muy rápido. ¿Me vendrán a buscar? Pensó. Miró una vez más al Ruben y le grito algo que ninguno de los dos entendió y de pronto…

Rojo, como el infierno, no veía nada, no escuchaba nada. ¡Todo rojo! Un huracán violento lo levantó en el aire y el cuerpo rebotó sobre los pastos. La luz siguió su paso. El brazo le dolía y la cabeza y la espalda. Como en tantas mañanas de resaca la vida le caía encima con toda su crudeza. Esa gente lo miraba como a un mono, todos parados a su lado. Casi no se podía mover. Los pibes corrían alrededor suyo como tantas veces. ¡Don Cacho, Don Cacho! Gritó la paraguaya del almacén. Alguien al lado anotaba en un papel cosas que preguntaba. Quiso levantarse pero le dijeron que se quedara quieto. Igual quiso levantarse pero no pudo, el cuerpo le dolía y no respondía. ¡Debía estar muy borracho! El Ruben, ¿cuando no? Se cayó al lado suyo de cabeza. Las licuadoras llegaron dando vueltas y soltando su pito. Alguien a quien no conocía se agachó a preguntarle algo. No lo entendió. Le contestó una frase que ni el mismo supo comprender. Lo subieron a la camilla y pensó que se iba a desmayar por el dolor. Volvieron a insistir con las preguntas. ¡No los entendía! Cerraron la puerta y la ambulancia se puso en marcha. Atrás quedaban el Ruben, tirado entre los pastos, borracho perdido; los vecinos, alborotados como un hormiguero antes de la lluvia; el tren, extrañamente inmóvil en medio de la barriada y los pasajeros yendo y viniendo, también el patrullero. Cerró los ojos una vez más, veía todo rojo, como el infierno, como la camiseta de su Independiente, como el cielo antes de las tormentas. Pensó en el Beto ¿dónde andaría ahora? ¿En el cielo o el infierno? Y se acordó de María…

                                                                                                                                                                                                   O. W.

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Andén

                                                                 “La vida es una herida absurda”
La noche esquiva gotas de lluvia y se disfraza de mañana. El Fredo y La María hablan, El Negrito, El Cabeza, La Ceci, David y Juancito corren de acá para allá. Difícil entender tanta vitalidad a semejante hora de la vida. Los pibes juegan y saltan, hurgando todo y pasan corriendo entre las reflexiones y concejos del Fredo y los retos de la Chapu que los previene sobre “El Chancho” que está en la otra punta.
Fredo habla del Guille, lo contrapone de ejemplo. “...se emborrachó, aspiró pocsirran y se metió a robar en la casa de un tira ¡Lo molieron a palos! ¿Así quieren terminar ustedes?..” pregunta sin enarbolar ninguna bandera de moral o conducta.
No propone a los pibes un dogma moralista, solo que sobrevivan.
“...eso no es nada – dice la María – cuando se pudo escapar le encajaron cuatro tiros ¡Cuatro! – reafirma como para convencerse que son muchos – Uno le dio en la pierna y ahora la bala  le está corriendo por el cuerpo. Si no le sacan rápido el plomo van a tener que cortarle la pierna o es boleta ¡Y eso que fue con una veintidós!..”
Si bien nadie lo menciona, la edad del Guille puede presumirse entre los diez y los catorce años.
“...esas son las peores – dice Fredo – el plomo es más chico y corre más fácil ¡¿ustedes quieren terminar así?!” Les pregunta a los chicos que siguen de aquí para allá con su correteo sin prestarle demasiada atención.
Afuera llueve mucho, pero eso no impide que el David corra por los charcos de agua que se han formado en el piso de cemento.
Las charlas se reparten entre futuras víctimas de una violencia fatalista y sus designios divinos. Desde mi rincón oscuro escucho, y de repente el sueño se escapa por los oídos. La gente va y viene pensando en su trabajo, o tal vez calculando hasta cuando lo tendrán o que tendrán que conceder para poder conservarlo.
Las agujas del reloj caminan lentamente como en todas las esperas. Mis ojos se relajan  y buscan, cómplices, un sitio oscuro donde  morder su cansancio.
“. La Adriana va a perder si no la corta.” Siento entre velos. “...la Negra se salvó porque la hermana le encajó cuatro puñaladas... ¡¡Casi la mata!!.”
Los párpados pesan una enormidad y los faroles comienzan a caminar lentamente, después no tanto.
                                               Oscar Weidl

Noche

                                                                                                                                                                            (A la rata Laly, mi musa)
Clap - clap - clap - clap - clap

La noche avanzaba con su funesta carga de frustraciones

Clap - clap - clap - clap - clap
Aquel martilleo era cada vez más violento, más feroz, y el tul de aquellas horas mágicas parecía haberlo atrapado para siempre en su tela de araña
Clap - Clap - Clap - Clap - Clap
Su memoria, torpe, frágil, hacía rato que había olvidado el momento en que comenzó todo, el instante cruel en que su cotidiana paz fue invadida por aquellos reflejos inasibles de caos conformista
CLAP - Clap - Clap - Clap - Clap
Aquel maldito sonido lo traía una y otra vez a la realidad de sus recuerdos. Le impedía huir, evadirse. Buscaba, sin hallarlo, un escape de allí, una manera furtiva de poner distancia. Un atajo a cualquier sitio. Lejos
CLAP - CLAP - Clap - Clap - Clap
Intentó evadirse pero no pudo. Fue peor. La luna lo delató, vaya a saber a cambio de que prebenda y otra vez a empezar.
El primer grado, su primera maestra ¡La vieja aquella! Su primera penitencia. Aquella tarde en el potrero y aquel gol que ya nunca fue.
CLAP - CLAP - CLAP - Clap - Clap
Era inútil intentarlo, lo había comprendido. Cada vez que lograba acumular el valor suficiente para hacerlo fracasaba ostentosa, dolorosamente y de nuevo al comienzo; como en un siniestro juego de la oca donde  era la ficha.
CLAP - CLAP - CLAP - CLAP - Clap
Los fantasmas surgían entre los dedos de sus pies. Su primera caída de la bici. Aquel cajón cerrado, toda aquella gente ensimismada, llorando, aquel penetrante olor. El primer amor, desesperado, su primer no. Esa trágica escondida donde no llegó a librar a todos y muchos nunca volvieron. Aquella gélida mañana de invierno, la escarcha en el pasto, la plaza desierta )descierta( nada que hacer más que tiritar, nada, atroz aburrimiento, ¿Esto era tan bueno?
CLAP - CLAP - CLAP - CLAP - CLAP
Minúsculos, implacables alfileres aguijonean la conciencia. La sangre galopa despavorida.
CLAP - CLAP - CLAP - CLAP – Clap
Hace un milenio la muerte lo besó en la boca y el mentol de su aliento le secó el alma.
¿Porqué aflojó en los últimos metros de aquella escondida?
¿Porqué erró aquel gol?
CLAP - CLAP - CLAP - Clap - clap
Lágrimas en las mejillas. No podemos. Es una locura. Yo tengo la solución. El dolor visceral del arrebato y el Amor que jamás volverá a ser lo mismo.
CLAP - CLAP - Clap - clap - clap
Ya no recordaba el comienzo de aquel clapoteo, ni el momento  preciso de aquella primera vez. Tampoco su primera rabona a la vida.
CLAP - Clap - clap - clap - clap
Desde su adolescencia entendía y no aquella situación. Mientras unos lloraban, otros de rostro enjuto  no decían nada. Aquellos extraños autos verdes junto a la vereda. Ese feo hedor de claveles (cadáveres descomponiéndose)
Clap - clap - clap - clap - clap
Un haz, tímido de luz, murmura. Miedo, mucho miedo.
No pudo superar el temblor. Quiso escapar, pero... adónde.
Arrió las banderas.
clap - clap - clap - clap - clap
La rubia fragancia de medialunas asoma a los visillos de la panadería.
Un día más está empezando.
Otro día.
                                       Oscar Weidl

Perdón de dios

 

La mañana era fría, lógica mañana de invierno, y una película blanca cubría los jardines. Las veredas estaban empastadas de desperdicios y bolsas de residuos rotas. Caminó como todas las mañanas las escasas cuadras que separaban el departamento de la estación del ferrocarril. No supo explicarse por que. Pero le dolió como nunca la actitud cabizbaja de la gente. Su cuello encorvado, sus miradas perdidas en el piso, pegadas al piso. Su paso lento, resignado, triste. Y no pudo reprimir la bronca, el odio visceral que la situación le producía. Antes de cruzar la plaza dos nenes de no más de ocho años paralizaron su paso. Sucios, descalzos y prácticamente sin abrigo revolvían las bolsas de desperdicios de la vereda del bar y cada tanto escogían algo que se llevaban a la boca. No pudo reprimir la sensación de nauseas que sintió, la bronca, la impotencia. Todo se sumó como en un cóctel y se mezcló.
 Los chicos, en la vereda, mientras tanto seguían afanosos su tarea y cada tanto volvían a masticar algún que otro desecho. De pronto la puerta, abriéndose, los asustó y salieron corriendo. El más chico se tropezó con una baldosa saliente y cayó al piso. Su rodilla empezó a sangrar tímidamente, se la frotó un poco con la mano y siguió corriendo. La silueta gruesa comenzó a refunfuñar alguna queja sobre los chiquilines mientras miraba furioso las bolsas abiertas. Masculló alguna que otra palabrota y volvió a entrar al local aún cerrado al público.
Los baldosones de la plaza comenzaron a atorarse contra sus pies y casi no registró el momento en que estiró su paso para evitar el charco de agua. Una frenada lo sobresaltó y desde un auto parado muy cerca suyo un ramillete de insultos le recordó a algunos parientes cercanos. Aturdido y confuso siguió cruzando sin prestar demasiada atención. Ahora un colectivo frenó muy cerca de sus zapatos Grimoldi de ciento veintinueve pesos. Un ¡pelotudo! explotó en la mañana como un latigazo. Casi no lo escuchó mientras subía a la vereda de la estación. La gente salía y entraba. Entraba y salía del lugar en forma veloz y desordenada, atolondrada y cansina a la vez. Un canillita pregonaba a viva voz la noticia de primera plana. Alguien había aparecido muerto y otro alguien indignado prometía mano dura. Mano dura. Mano dura. Siguió repiqueteando el pregón en su memoria por algunos segundos.
Volvió a mirar a la gente, registró una vez la excesiva curvatura de sus columnas a la altura de los omóplatos, la mirada opaca clavada en el piso, enferma de resignación y desesperanza. Bajó un poco más la mirada y notó que casi no despegaban los pies del piso, los arrastraban como si llevaran una gran carga sobre los hombros. No se chocaban entre sí pese a ser muchos, como si cada uno supiera de memoria el lugar exacto y el tiempo que debía usar para desplazarse. Chocó con uno, dos, decenas de ellos como en una gran carambola digna de un magistral billarista. Intentó recordar a alguno de ellos ¿Astarita? Su padre siempre hablaba de él cuando algo ocurría en forma fortuita, o de carambola, como le gustaba decir. Pero él sabía muy bien que nada de lo que ocurría a su alrededor pasaba por casualidad.
 ¡CASUALIDAD!
Una palabra que podía disfrazar de inocente la peor canallada. Volvió a tropezar con uno de aquellos anestesiados seres, luego con otro y otro más. De pronto empezó a bajar las escaleras y un soplo de aire fresco le pegó en la cara. Dos uniformados con largas armas caminaban por la zona de boleterías. No pudo impedir sentir un ramalazo de temor. Miró los caños de las armas, sus gatillos, imaginó su pecho agujereado por las balas, intento imaginar como sería morirse y se volvió a acordar de los pibitos en la vereda de la pizzería. La sangre en la rodilla del más chiquito, sintió el frío de sus pies, el dolor de sus estómagos y volvió a sentir nauseas. Pensó por un instante que a veces morir es menos doloroso que vivir y casi no sé dio cuenta que se llevaba por delante a un señor menesteroso, pobre de toda pobreza y muy sucio. El olor del individuo contrastó con el de su perfume de Kenzo. Volvió a revolvérsele el estómago pero ahora por otro motivo.       
La vereda se apelotonó contra sus pies nuevamente en forma vertiginosa. Casi corría. La gente pasaba a su lado como en una pesadilla. Atravesó la calle, por lo menos debió haberlo hecho para poder llegar a la vereda de la farmacia, sin notarlo y se llevó por delante el puesto de flores. Los colectivos pasaban a su lado sin prestarle atención y emitiendo fuertes humaredas de gasoil, algunos negocios amagaban con levantar sus persianas; de debajo de otras asomaban algunos hilillos de agua (señal que estaban limpiando los pisos) Recordó la suciedad del mendigo a la salida del andén y recordó aquella canción que habla sobre los autos que son más acariciados que un hombre extraño. Se sintió un invasor en su propia vestimenta, le dolieron sus ropas. Su camisa planchada y su pantalón de alpaca; su saco de lanilla y su bufanda; sus zapatos de Grimoldi de ciento veintinueve pesos. No pudo reprimir un escalofrío. Miles de imágenes pasaron por su cerebro como polaroides desbocadas. Los pibes, el gordo y sus puteadas, la sangre, los gendarmes, el linyera, el colectivo, los hombros, las armas, los coches, los pies arrastrándose, los gatillos, de vuelta los pibes masticando desperdicios, sus bocas masticando, masticando, masticando. Sus bocas cada vez más grandes y feroces, sus bocas reclamando justicia en el acto mismo de masticar basura en la vereda. Las miradas de la gente que había cruzado comenzaron a bombardearlo como en una película futurista. Sintió el dolor en su piel del impacto de aquellas miradas. Sintió como le laceraban la piel, como le salían cientos de llagas que dolían apenas, como el raspón al pibe, pero que se potenciaban por su cantidad hasta volver su piel una manta de dolor. Un banquinazo le hizo notar que había subido a un colectivo. Miró alarmado a su alrededor y notó que faltaba poco para bajar. Sus ojos se posaron en su propio pie izquierdo que se balanceaba sobre su pierna derecha. Se detuvo en él, se ensimismo, perdió nuevamente noción del tiempo hasta que sin saber como se levantó nervioso y tocó el timbre.
Bajo como todos los días en la misma parada y casi sin ver cruzó a paso rápido la avenida. Notó que hacía frío. Mucho frío. Volvió a pensar en aquellos pibes, en su casa ahora vacía, en su cama vacía, en su heladera. ¿Tendrían heladera? Notó que el pasto empezaba a transpirar en algunos jardines y apuró un poco el paso. Un coche, dos, algunos transeúntes. Miró al cielo para asegurarse su existencia y recordó que hacía demasiado que no creía en él, pero allí estaba, aunque le pareció un icono carente de contenido. ¡Buen día! ¡Buen día! ¡Buen día! Contesto un buen día vaciado de convicción, puro formalismo y entró resignado. Silvia caminaba indignada por la sala de ingreso. Buen día, le dijo sin mucho entusiasmo. ¿Te parece? Le preguntó ella indignada. ¡Que salvajada! Disparó casi sin pausa. ¡¿Habrase visto?! Volvió a disparar sin interrupción. Siete cachorritos. ¡¡SIETE!! ¡¡¡Abandonados!!! Dijo exasperada.
Esta gente no tiene perdón de Dios.
                 
                                              Oscar Weidl

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